sábado, 10 de marzo de 2012

BLASONAR

SOBRE EL BLASONADO HERÁLDICO (II)


Por el doctor don Florentino Antón Reglero
Capitán de la Marina Mercante Española
Máster Universitario en Derecho Nobiliario y Premial, Heráldica y Genealogía

Sobre el blasonado heráldico (II):
Ritmo descriptivo y variables

Si nos atenemos a lo que se tiene en castellano por reseña, debemos considerar que se trata de la acción y efecto de reseñar algo, lo que el mismos diccionario de nuestra lengua entiende como el describir o el tomar brevemente nota por escrito de los rasgos distintivos de una persona, animal o cosa de modo que sirva para su identificación. Está claro que, por definición, las reseñas deben ser breves a la par que suficientemente precisas como para servir al fin de identificar tanto a personas como a animales o a cosas que son objeto material de lo descrito.

Por otra parte, partiendo del sentido que para el lenguaje, en general, tiene el término ‘ritmo’, podemos entender que en nuestro caso, con relación a las manifestaciones iconográficas de naturaleza heráldica, tenemos por ritmo descriptico “la lógica y apropiada combinación sucesiva de expresiones, voces y términos heráldicos y no heráldicos utilizados en el blasonado de las armerías; dando preferencia al orden que desde hace mucho tiempo viene siendo reconocido como conveniente por los especialistas”. Aclarados estos conceptos, no cabe la menor duda de que la bondad y pertinencia de cada reseña, nota o blasonado dependerá del ritmo descriptivo que hayamos sido capaces de conferirles, y es en este punto donde la economía del lenguaje se hace patente mediante la expresa valoración de esos dos factores que por definición hacen parte de su propia esencia, y que, convertidos por su naturaleza en variables en el marco de los trabajos de investigación, hemos venido a llamar “Precisión descriptiva” y “Brevedad expositiva”.

La precisión en las descripciones sirve al propósito de acercarnos a la realidad objetiva de los contenidos iconográficos de cada unidad de análisis, es decir, de cada armería, pues no podemos olvidar que existe la posibilidad de que un mismo motivo -las armas de un linaje o de una comunidad municipal, por ejemplo, en cuanto a su fin, simbólico o semiótico, que sería el motivo- pueden dar lugar a diversas interpretaciones plásticas, y ser precisamente el conocimiento y el posterior análisis de esas variantes el objetivo general de la investigación, por ser ellos la derivada del problema que inicialmente se ha planteado.

La ambigüedad o la imprecisión descriptiva se han convertido en uno de esos falsos axiomas que en la heráldica se han ido desarrollando y consolidado con el paso del tiempo sin más justificación que la llamada ‘libertad de estilo’, la necesidad de ser ‘breves’ y no exhaustivos, o el clásico ejemplo de las calderas con sierpes que se han ido multiplicando a gusto del dibujante, muchas veces no precisamente experto en diseño heráldico, y que ha terminado convirtiéndose en una coletilla, pues es el único ejemplo que he visto repetir hasta la saciedad.

La “Precisión descriptiva” como variable propia de los blasonados no se opone en nada a la libertad de estilo, que es una cuestión completamente diferente; la necesidad de ser concisos en las reseñas se resuelve con la buena aplicación de los lenguajes que conforman el ritmo descriptivo, para el que la variable “Brevedad expositiva” es pieza clave; y la cuestión de las sierpes no existiría, posiblemente, si desde su origen se hubiese hecho una buena descripción de la figura; aunque, conociendo nuestro gusto por el y yo más y las brisuras a la española, a base de modificar colores, incorporar muebles, o multiplicar los existentes, mucho me temo que hubiera dado igual, y que la causa ha estado más en el no decir mucho, el otro falso axioma relativo a nuestros blasonados, que en el de decir por exceso.

Pero la ambigüedad en las reseñas, desde nuestra experiencia, sí suele producir errores conceptuales, incluso graves, al traducirse en expresión plástica. Porque, nos guste o no, las armerías han sido significantes para sus primeros poseedores, aunque resulte que sus descendientes, por desidia de unos, rechazo de otros, o avatares de la propia vida, no sepan ya lo que en otro tiempo significaron, y ahora, en buena lógica, permanece oculto.

Nunca más pertinente aquí ese sabio y popular adagio que dice: «lo breve, si bueno, dos veces bueno», pero no lo breve por imprecisión o ambigüedad: no es eso, nos está diciendo que lo es por el buen majo del rico lenguaje de que disponemos, y con ello evitaríamos tantas interpretaciones de armerías que salen ya falsificadas de las manos de su primer dibujante, pues en muchos casos estos trabajos no se encargan a diseñadores heráldicos, y lo descrito en el trabajo original o en el expediente contiene diferencias graves con relación al dibujo que acompaña a la documentación que lo justifica . Sin duda ello da idea también de la existencia de cierto grado de desidia en quienes tienen la responsabilidad de hacer estas cosas con esmero. Todo ello hace pensar en si la ambigüedad como norma, tan fácilmente asumida por muchos especialistas, no esconde en algunos casos la comodidad que produce el despreocuparse de las exigencias propias del manejo adecuado de los lenguajes que conforman el ritmo descriptivo, pese a que, como vemos, sí existe una interrelación directa entre la precisión y la brevedad (Precisión descriptiva < = > Brevedad expositiva), de modo que a mayor precisión le corresponde una mayor brevedad cuando el ritmo es adecuado.

SÁBADO: IMÁGENES

Instantáneas del monarca reinante. Don Juan Carlos viste los emblemas de las cuatro órdenes nobiliarias tradicionales españolas en las guerreras de sus uniformes de los tres ejércitos.


Enlace a la página de las órdenes:

viernes, 9 de marzo de 2012

ORDINARIATO NORTEAMERICANO

En el año dos mil dos trasladé mi residencia voluntariamente, durante unos meses, a Afganistán, acompañado de otros cincuenta y dos militares españoles. En su mayoría personal sanitario. El lugar en el que nos asentamos era una ruinosa base aérea, anteriormente rusa, en la que quince países aliados fuimos ocupando parcelas de regular tamaño, contiguas, y donde el contingente de más entidad, con diferencia, lo formaban las tropas norteamericanas.
El alojamiento no era distinguido, ni lujoso, ni ostentoso desde luego. Pero hacía su función. Tiendas de campaña con capacidad para doce personas. Una de ellas, que tuvieron a bien regalarnos los americanos porque les sobraba, sirvió de comedor improvisado. Los bancos de madera, las mesas de madera, el suelo de madera, un mostrador de madera. Madera que trabajaban nuestros soldados de seguridad y defensa, tan solo ocho, para estar entretenidos. No teníamos nevera. Pero sí cervezas. Y música. A las pocas noches de estar allí, la tienda comedor española, a la que acudían cada vez más militares extranjeros, comenzó a ser conocida como el lerele. Llevamos la alegría dentro. Y es que realmente se pasaba bien en aquel lugar. Todo era precario, pero la cercanía del peligro hacía que aprovecháramos, que exprimiéramos los ratos de ocio.
Una de aquellas noches, aderezada con morterazos que nos lanzaban los malos, el escaso grupo de oficiales que formábamos el personal no sanitario, ni de seguridad, nos entretuvimos en charlar con varios ingenieros militares norteamericanos de visita en el lerele. El tema, después de un rato, derivó hacia la religión. Y recuerdo en particular la cara de asombro de un capitán con rasgos marcadamente orientales y sin embargo apellidado Biankovsky, (y de nombre David II, como los reyes) al referirle que los cincuenta y tres militares españoles, la unidad militar al completo éramos católicos. -All? Impossible!- Cuando además le expliqué que prácticamente el noventa y cinco por ciento de la población española pertenecía a la Iglesia católica me preguntó cuántos grados tenía la cerveza que yo estaba tomando.
Hasta el cercano 1910, con el ánimo de acrecentar la migración hacia aquellas tierras, el gobierno de los Estados Unidos concedía tierras, acres que allí no entienden el concepto de hectáreas, a todo el que lo reclamara a condición de explotarlo. Desde entonces hasta hoy, paradójicamente, la restricción de la inmigración ha ido creciendo hasta hacer de la entrada en aquel país un verdadero calvario, aunque se trate de una visita turística.
Lógicamente, el reclamo de la posesión de tierras de labor gratuitas permitió que aquella reciente nación acumulara en su seno inmigrantes de todas las latitudes. Y consecuentemente, que todas las religiones tuvieran presencia en aquellos lares. No obstante, el idioma inglés, que por tan solo un voto fue escogido como lengua de la nueva nación frente al alemán, hizo que la mayoría de los asentamientos procedieran de las islas británicas, con mayoría de practicantes del rito anglicano.
Hoy, después de tan tediosa introducción, pretendo traer a su consideración las armas de una nueva diócesis, institucionalmente denominada ordinariato, como las diócesis militares, que servirá para acoger, con sus particularidades, a los conversos al rito católico, legión, de la nación norteamericana.
Armas, como no podía ser de otra forma tratándose de descendientes de la nación heráldica por excelencia, Inglaterra, muy bien escogidas.
Un campo de gules partido de azur, con dos llaves de oro puestas en sotuer. Brochante un cetro de oro, puesto en palo, flordelisado de plata en tres brazos. Al timbre mitra de oro enjoyada.

El bien traído simbolismo recuerda en primer término las llaves que el Maestro entregó a san Pedro. Sí, improbable lector, efectivamente las armas de la Iglesia traen sus llaves de plata y oro.
Pero en cualquier caso creo que el simbolismo del mueble, aparte los esmaltes, resulta bastante evidente, que es lo que se pretende. El retorno a la nave de Pedro.
El cetro, concluyente en tres lises, simboliza virginidad y es atributo propio de Nuestra Señora de Walsingham, imagen de María Santísima que se venera en la población inglesa de idéntico nombre como advocación de más antigüedad de las islas británicas y patrona de aquellas brumosas tierras.
En consecuencia, su disposición sobre las armas del ordinariato que servirá para acoger a los conversos a la fe católica, recuerda el origen anglicano de estos y la aceptación de sus costumbres en tanto que no atenten contra la doctrina.

Un diseño heráldico meditado y bien concluido. Como esta entrada, que también concluye.

jueves, 8 de marzo de 2012

FUSOS: PROCACIDAD

Hasta hace treinta años no se podía votar. Ahora sí. La gran ventaja de la democracia es que si quienes fueron elegidos gobiernan mal podremos, cuatro años después, escoger nuevos gobernantes.

Pero hace treinta años no, no se podía votar. Durante ese oscuro periodo la televisión estaba mediatizada y las películas se escogían para adoctrinar al pueblo. Películas, todas en blanco y negro además, que se iniciaban con unos rombos, ¿fusos heráldicos?, que advertían de la existencia de escenas procaces o escabrosas.
Y como este blog, y los blogs hermanos, no son democráticos sino que se apunta en ellos lo que a su autor se le antoja, sin tener en cuenta las opiniones de los demás, tomaré el ejemplo de aquel periodo tenebroso y desde ahora, cuando los textos publicados sean procaces, del tipo “-tú dijiste que era una orden dinástica y no lo es”… “-sí, pero tú te colgaste un hábito que no te correspondía”… lo advertiré, intentando evitar el deterioro de su salud mental, improbable lector. Y qué mejor advertencia que unos fusos heráldicos. Como en los tiempos oscuros en que no se podía votar. Uno o dos en función de la gravedad de las acusaciones y demás despropósitos que se viertan. Fusos de oro que se cargarán con un tomate de gules, dado que esas entradas recuerdan vivamente a uno de esos programas del corazón, que anunciarán el abyecto contenido del texto que seguirá.
Advertido queda, improbable lector. Ante la presencia de uno, o incluso dos fusos de oro cargados con un tomate de gules, bajo su entera responsabilidad se acercará a la lectura del texto que siga y las consecuencias para su equilibrio mental quedarán vinculadas a su estricto deseo de exponerse a esa entrada.

miércoles, 7 de marzo de 2012

FUENTE DE HONORES

En los ejércitos existe una frase que resume el asunto: quien pregunta se queda de cuadra. Significa que aquel que cuestione la posibilidad de un nuevo servicio será el primero en realizarlo. Aún en contra de su voluntad.
Con gran desasosiego, no conocía el asunto a pesar de su antigüedad, he tenido ocasión de acercarme a la resolución que el Consejo de Estado (a qué esperará la academia de la Lengua para aprobar la contracción quel, que+el) dictó en 2004 sobre la confirmación del derecho al uso de sus propias armas al solar de Valdeosera y por ende a sus descendientes.
Este dictamen pone en solfa ríos de tinta, (hoy sería quizá mejor la expresión horas de pulsaciones mecanográficas) de doctrina heráldica. Doctrina que establece desde inmemorial que el rey es fuente de honores y distinciones entre las que se encuentran, sin duda alguna, las concesiones de armas, las confirmaciones, o los aumentos de honor.

El proceso podría resumirse en estos pasos:

En 1981, ya superado el periodo de transición hacia la democracia en estos reinos y siguiendo una tradición invariable de nuestros reyes, el solar de Tejada vio confirmado el derecho al uso de sus armas por parte de nuestro rey (en tanto que fuente de honores y distinciones), con el correspondiente refrendo ministerial y con la requerida publicación en el Boletín oficial del Estado. Nada que objetar. Al contrario, ejercicio válido de las facultades reales de confirmar, conceder, aumentar o incluso infamar armerías.
En julio de 2004, veintitrés años transcurridos desde el anterior extremo, los responsables del solar de Valdeosera solicitan al ministerio de justicia, de igual forma, la confirmación de sus propias armas.

Consultada la Diputación de la Grandeza eleva informe favorable a la confirmación al ministerio.
El subsecretario de justicia, igualmente, no ve inconveniente en que se expida Real Carta de confirmación del derecho a usar, por el Solar de Valdeosera, el escudo de armas que fue concedido a sus antecesores.

No obstante los plácemes, el asunto se traslada al Consejo de Estado para que dictamine. Y el Consejo de Estado dictamina. Y dictamina mucho. Y a mi falible juicio dictamina mal.
Las que siguen son algunas de las frases que echan por tierra siglos de doctrina heráldica que reconoce la facultad real de confirmación de armerías ¿Ignorancia? ¿Maldad? ¿Voluntad de cambio hacia el progresismo?

"En Castilla, el heraldo se llamó Rey de Armas, al que se le suponía experto en escudos, con sus armerías y blasones, y se le confió normalmente los registros de nobleza, pues en cierto momento los escudos de armas se hicieron hereditarios y, grabados en balconajes, torreones, arcadas y sepulcros, proclamaban la nobleza de sus propietarios."

Debo aclarar que es sabido, documentado, que la posesión de armas no concedía nobleza alguna a su poseedor. Ni entonces ni ahora.
"En tiempo inmediato posterior al reinado de los Reyes Católicos, debido a la gran cantidad de personas cuyos servicios en el descubrimiento y conquista de América atrajeron algún premio o merced real, y a la creciente complejidad de armerías y blasones, se ordenó a estos Reyes de Armas que confeccionaran escudos para los linajes premiados según las reglas de la ciencia del blasón, que entonces nacía, de modo que el escudo de armas de familia fue desde entonces una concesión de la autoridad regia, que debía constar en una certificación que se expedía al efecto."

La historia demuestra que la heráldica nació en el siglo XII. No en el XV. Por otro lado el propio párrafo anterior reconoce que se concedieron armerías a linajes como premio, sin necesidad de que alcanzaran nobleza.

"La última vez que le fue reconocido por la Corona el derecho a usar el escudo de armas fue en 1878 por el Rey Alfonso XII. Pero, después de las leyes de nacionalización o liberalización de señoríos y de las desvinculadoras, el Solar es simplemente una comunidad de bienes de carácter privado sujeta al Código Civil. Es esta comunidad la que, transcurridos 126 desde la última vez, solicita un atípico reconocimiento al derecho de uso del escudo de armas."

Tan atípico que con la misma legislación, veintitrés años antes, se había concedido idéntica pretensión al solar de Tejada. Hay que insistir: no se ha derogado o creado ley nueva que desarrolle este particular.
"Se trata de una solicitud anacrónica que parece remontarse en el tiempo a la época del Antiguo Régimen en la que el Solar disfrutaba de privilegios, prerrogativas y exenciones exclusivas del estamento noble, representados simbólicamente por un escudo de armas que era una concesión regia."

Tan anacrónico que el mismo rey y el mismo marco legal sirvieron para una confirmación anterior.

…"el uso de su escudo de armas se limita al dominio privado y carece de función alguna fuera de él, sin perjuicio de que puedan instar del Cronista de Armas familiar la certificación de su autenticidad histórica."

Atención, improbable lector, atención: el Consejo de Estado reconoce la existencia de un Cronista de Armas familiares ¿a quién hará referencia?
Y ya el remate: "La Corona no concede escudos ni autoriza el uso de los concedidos en tiempos pretéritos. Para ese uso privado ningún reconocimiento del derecho por la Corona es necesario... En efecto, la legislación vigente no contempla facultad regia alguna de concesión o confirmación del derecho de uso de escudos de armas."

Facultad que ya se ha ejercido por parte del monarca con refrendo del propio ministro de justicia.
"La potestad de concesión de honores y distinciones reconocida por el art. 62.f) de la Constitución ha de ejercerse según el precepto constitucional con arreglo a las leyes, entendiendo por tales las disposiciones de rango legal y reglamentario que contienen el régimen jurídico de esta materia."

Solo una idea: Al contrario que en los denominados estados policiales, donde lo que las leyes no permiten debe considerarse prohibido, en los estados libres es doctrina jurídica que aquello que las leyes no prohíben debe juzgarse permitido. En consecuencia, si ningún precepto legal impide al soberano conceder armerías, antes bien al contrario, ya se ha ejercido esa facultad dentro del mismo marco jurídico, debe considerarse permitida y conforme al derecho basado en la costumbre, la concesión de nuevas armerías o la confirmación de las ya existentes.

Nada más, improbable lector. Triste estado de cosas.

El enlace a la confirmación regia de las armas en uso por el solar de Tejada:
http://www.boe.es/boe/dias/1981/10/05/pdfs/A23258-23258.pdf

La página en la que podrá entretenerse con la lectura completa del dictamen:
http://www.boe.es/aeboe/consultas/bases_datos_ce/doc.php?coleccion=ce&id=2004-2047

martes, 6 de marzo de 2012

ORDEN DEL TOISÓN I: LA FECHA DE ORIGEN

Hoy, y algunos días más si tiene la deferencia de continuar esta tediosa lectura, me permitiré compartir con usted, improbable lector, algunos apuntes que recibí el pasado martes, instantes antes de acceder a la exposición que sobre el Toisón se ha celebrado en Madrid y que aún permanecerá accesible al público hasta el día once marzo.
Los extremos que siguen son tomados de las palabras de don José Luis Sampedro Escolar, académico de Heráldica. Evidentemente, los errores son únicamente atribuibles al redactor de estas líneas, que nunca se ha distinguido por una especial erudición. Ni aún recibiendo una clase magistral sobre el Toisón.

PUNTO PRIMERO: EL MOMENTO DEL ORIGEN

El nacimiento de la orden del Toisón no es incierto. Al contrario, su alumbramiento está perfectamente datado. ¿Cómo entonces unos textos aluden al año 1429 y otros al año 1430?
Hoy consideramos la cronología una ciencia exacta, porque efectivamente lo es, que mide con rigor y asigna una cadena numérica de segundos, minutos, horas, días, meses y años a cada instante del devenir temporal. Pero como habrá adivinado intuitivamente, sagaz lector, esta circunstancia es reciente. Así, algo tan aceptado como establecer el inicio del año el día primero del mes de enero, no ha sido una constante universal.
Ni en 1429, ni en 1430 se había superado aún la Edad Media. Y de hecho restaban decenios para alcanzar el fin de esta etapa de la humanidad. Si una característica puede definir ese largo periodo del devenir humano, una sola, sería sin duda la fe. Reflexione un instante, paciente lector, encontrar en una Edad Media de mil largos años una categoría, una única categoría que pueda servir para definir todo el periodo... sí, sin duda es la fe. La fe cristiana efectivamente, claro.
Esa fe. Esa fe que servía de motor vital a la entera sociedad medieval es la que determina la falta de exactitud en la datación del año de institución de la orden del Toisón.
La cristiandad entera, el mundo civilizado de entonces, con la Iglesia a la cabeza, entendía el inicio del año coincidente con la pascua de resurrección. Efectivamente es una festividad móvil, concuerda exactamente con la primera luna llena posterior al equinoccio de marzo. Pero si se detiene considerar el hecho, improbable lector, advertirá cierta lógica intuitiva en el planteamiento medieval. La pascua de resurrección se corresponde con el inicio de la primavera y el resurgir de la vida animal y vegetal. Se ajusta al nuevo inicio del ciclo vital natural.
Concluyo. Sin duda, hábil lector, ya habrá deducido cuál es entonces el problema en la datación exacta de la institución de la orden del Toisón. Efectivamente. La orden se creó el diez de enero de lo que hoy consideramos 1430. Cuatro días después de la epifanía de 1429 según la datación cristiana medieval.

lunes, 5 de marzo de 2012

TEXTO Y DISEÑO DE DON FRANCISCO SERRANO


CETRO Y FLORES DE LIS

Por don Francisco Serrano
Licenciado en Bellas Artes

Año 1105.

Allí estaba, parado como un tonto, a los pies de la escalera, ante la iglesia del sepulcro del Apóstol. La peregrinación había transcurrido bien desde que salieron de Aldana, su querida tierra gallega, él era un Aldao, hijo del señor de Aldana. Los días habían sido soleados y en los caminos no habían tenido ningún contratiempo. En aquel lejano temporal en la costa, que apunto había hecho naufragar su nave, se decidió a realizar la peregrinación. Estaba agradecido al Apóstol. Pero se había olvidado de las malditas escaleras, malditas, malditas…

Sabía lo que iba a pasar, lo sabía. Había ocurrido miles de veces. Le hubiera gustado darse media vuelta, pero no podía. Y ocurrió. Aquel joven caballero algo más bajo de lo común, de ojos negros y claros, de facciones duras y hoscas pero agradables, y de una imponente espalda, muy ancha incluso para un caballero, se transformo en un monigote ante el primer paso. Su pierna derecha no respondía y tenía que ser arrastrada con torpeza. Por algo la gente de su tierra le decía “maldoado” y los bárbaros castellanos “maldonado”.

Su padre, cuando al nacer vio su mal formada pierna, lo miró con disgusto y hubo un tiempo en que no se acerco a él. Pero su madre, algo docta en los males del cuerpo y sus curas le decía –“dale tiempo, ya se fortalecerá”. Su padre, Pedro Arias, nunca pensó en él como caballero, pero cuando fue enviado a la corte de León, su madre le entregó un mensaje para el maestro de armas.

Nunca supo lo que decía aquel mensaje, pero aquel hombre se encargó de él. Le hizo subir y bajar todas las escaleras del adarve, miles y miles de veces y con sacas colgadas de los hombros. Después del entrenamiento diario, los otros se iban de francachela, pero él no. Allí estaba él subiendo y bajando escaleras con las espaldas dobladas por el peso, más de una vez había recibido un golpe y una patada cuando no podía más y se derrumbaba al suelo. Odiaba al maestro de armas, odiaba a sus compañeros, odiaba a todo el mundo. Pero aquello funcionó. Su pierna se fortaleció como predecía su madre, y al andar su cojera era casi imperceptible. Pero nunca pudo subir escaleras como los demás.

Y ocurrió lo que estaba esperando, las miradas, las conocía de antiguo. Allí estaban las de las campesinas, la lástima inicial de ellas se transformaba de pronto en una mirada cargada de deseo, parecía como si lo desnudaran. Nunca había entendido a aquellas desgraciadas. No sabía por qué, pero cuando una de aquellas aldeanas se daba cuenta de su cojera y le miraba de arriba abajo, se despertaba en ellas el deseo más ardiente por él. Tras noches de unir cuerpo con cuerpo, a veces les había preguntado por qué gustaban de él y ellas siempre contestaban que era muy tierno. Y se quedaba mirando con sorpresa, él nunca había sido tierno, su mal carácter le había pasado alguna que otra mala jugada a aquellas mujeres.

La mirada de las damas era diferente, siempre permanecía en ellas esa mezcla de pena y lujuria. La de los villanos ya sabía, burla y algo más. Pero la peor era la de los otros caballeros, desprecio. Y allí estaba, la mirada de desprecio, aquel franco de ojos azules… Le hubiera partido la cara, pero una mirada que solo veía él, no era una ofensa. Llegó agotado a la entrada y allí se olvido de todo. La puerta de piedra aún no se había levantado y un tosco parapeto de madera resguardaba la penumbra del templo. Oscuridad que invitaba a pasar a otro mundo. Se dejó llevar por los sonidos y los ritos y entró.

La cantidad de peregrinos era mucha y la espera larga y tediosa. Miró a las alturas y allí en un pilar, tallado en piedra, un ángel con las alas extendidas bajando del cielo, portaba en la mano un cetro y en la otra una filacteria con la salutación” Ave María”. Él era gran devoto de Nuestra Señora. Un poco más allá, en la enjuta con el arco, pintado un escudo extraño, blanco o dorado, no se veía bien, pero sí podía advertir las cinco heridas sangrantes. Había observado ya otros escudos, pero este de las cinco llagas de Nuestro Señor era algo totalmente nuevo y distinto.

Estaba en estas cuando, maldita sea, alguien le había pisado su pierna. Parecía como si lo hubieran hecho a propósito. El dolor le subía del pie a la ingle. -“Seáis maldito”. A punto estaba de darle un golpetazo al patán que le había pisado cuando al darse la vuelta vio que era un caballero. Aquel gigante franco de ojos azules y su mirada. Su amigo Ramírez le agarró del brazo y dijo -“No maldonado” y el franco sonrío y él no pudo más. Allí mismo retó a aquel gigante. Ramírez repitió un no apagado.

Más tarde supo por qué no. Había retado ni más ni menos que a Roberto de Curthose, hijo de Guillermo I de Inglaterra y duque de Normandía. Caballero andante donde los hubiera, tenía recorrida medía Europa y atravesado los Alpes en busca de Matilde de Canossa. Cruzado en Tierra Santa, decían las malas lenguas que cuando partió a ellas era tan pobre que debía permanecer en cama por falta de vestimenta.

Allí estaba. El día era nublado y gris en Saint Denis, en el corazón de Francia. Delante del estrado real, cubierto este de telas sembradas de lises. Presidía el Rey Luis el Gordo. A un lado el abad Suger y al otro la Reina Adela, fea como ella sola.

Se encomendó a la Virgen y empezó la lucha. Un, dos, tres, hasta cinco fueron los cortes y heridas que recibió el pequeño gallego y el franco ni se inmutó. Desesperado estaba cuando sin darse cuenta comenzó a rezar ”Ave María…”. En ese momento el cielo se abrió, el sol brilló con fuerza y un rayo de luz al reflejarse en su casco deslumbró al Duque. Nuestro pequeño caballero aprovecho la situación y con un fuerte empujón de hombro lo derribó al suelo. El Duque Roberto, un verdadero caballero cruzado, nunca fue un hombre con suerte. Perdió un reino y perdería su Ducado, muriendo tras veinte años de prisión.

Tenía ya la espada en la garganta del franco cuando el Rey Luis gritó –“Basta“- y lanzó su cetro real entre los dos caballeros. El gallego miró el cetro. Recogiéndolo, lo estrechó en su mano con fuerza. La última herida recibida, por encima del hombro, era profunda y dolía. Brotaba la sangre derramándose por su escudo, su pobre escudo, rojo. Estaba furioso, apenas podía respirar y la cabeza le daba vueltas, su mirada medio perdida se clavó en un escudo real que tenia enfrente, pulido, hermoso con su sembrado de flores de lis, qué gran escudo. Y el suyo, manchado con su sangre. Oyó al Rey decir –“¿Qué queréis?”. Qué queréis... él quería aquel hermoso escudo y lo señaló con la mano. -“Recibiréis las armas del caballero, sois el vencedor”. Pero él no quería las armas, quería aquel escudo y balbució –“Las flores de lis”- y oyó un rotundo no, e insistió –“Las flores de lis”.

Se hizo el silencio, un silencio largo y durante ese instante revivió el escudo con las cinco heridas sangrantes de Cristo, pintado en la catedral de Santiago. Siguió el silencio y añadió -“Cinco flores de lis. Una por cada herida”- , y replicó el Rey “-Sea, mais ils sont mal done”. Y nuestro caballero sonrió.

Año 1122. "Ego Nunus Petri Maleodatus, miles et uxor Eldara Fernandi…" así había redactado el escribiente.

Francisco Serrano


domingo, 4 de marzo de 2012

OTRA VEZ AQUÍ, DE MOMENTO


Agotado el más que razonable periodo de permiso y encomendándome al venerable Bruno Bernard Heim, de santa memoria, patrono de los heraldistas,
para que interceda en favor de la paz en la comunidad heráldica, vuelvo a retomar la sucesión de tediosas entradas con la que tengo el honor de aburrirle, improbable lector.

Muchas gracias por su incondicional apoyo.